Ausencia

Aquí todo sigue desigual,
la silla, el vaso, la luz
que entra por la ventana.
Pero, hay un silencio
con filo de cuchillo.
Alguien no está, y el aire
aprende y comprende:
las cosas se ausentan
y todo se siente extraño,
como si ese vacío
fuese fuerza. Sí, la fuerza
de tu costumbre.
Luego, al cerrar el fin,
entiendes que solo existe
la casa. Una casa

                que te encierra.**

** Se puede leer 'entierra'.

Qué no es el lenguaje

Dices 
que no es la ceniza del muerto,
ni el peso del cuerpo cuando duerme,
ni la sombra que frunce la frente,
que no es el territorio que me habita,
ni el agua que bebo, 
ni el botijo que la contiene.

Yo no sé de certezas, 
pero ¿acaso no percibes mensaje
en la ceniza del muerto,
en el peso del cuerpo,
en la sombra, en la frente, 
en la tierra, en el agua, 
o en el botijo que la contiene?

en lo que nace, 
en lo que necesita ser,
en lo que embriaga,
escarcha, convulsiona, 
abraza, arremete, purifica, 
en el sudor, en la huella,
en el matiz, en el candado,
en el polen, la túnica, 
el miedo, el torniquete,
la noche, el cuchillo,
en el estruendo,
en el silencio, 

allí donde viaje una respuesta 
que le dé la razón a la vida,
o a aquello que fue
o puede ser,

donde la palabra
y más allá
y donde no.

Si eso es,
conjetura lo que puede no ser.

Tres variaciones sobre el lenguaje

I.

La lengua de la dermis
Me recorre, en silencio, un lenguaje
Tu lenguaje, mi lenguaje, el lenguaje
En la lengua de la dermis
que me sirve para quererte
para odiarte
callarte
Desaparecerte
Desaparecernos

II.

Desaparecernos
Me recorre, en silencio, un lenguaje
En la lengua de la dermis
que me sirve para quererte, odiarte, callarte
Desaparecernos

III.

Antes del salgo
Antes del salgo, el vértigo
                                el veloz aire en el cuerpo

        como una fuerza que protege
                                                        que no quiere

              el golpe,
                                 la muerte

Cuentas de mayores

me deja sin consonantes 
me roba la cuerda de la fuga
me arrastra a la orilla
del trapo húmedo de las vocales

no me trata la vida

acuchilla mis pies 
con reiterados sudores
y en su extraña obstinación
aleja a quien viene a lamerme la sed

no me trata 

emana abismo en la medianoche
y desafina mis jornadas 
no me trata y ya ni quiero
muero en la copa de cada suspiro
para dejar de pronunciarla

Mientras nos desacostumbramos

Hablar de almizcles que florecen azules, 
de atrapar la luz azul de las luciérnagas 
que cantan y cantan y no cesan de cantar, 
que también anhelan ser azules. 
Deslumbra, en el peor sentido, 
tanto azul, cielo, marino, cobalto. 
Resulta lesivo tanto cántico 
que renace y resucita y revive y rebrota. 
Y todos lo decimos, sin decir. 
Y nos alejamos. 
Y nos abarrotamos. 
Y mientras anhelamos revivir 
el ciclo de vida de los gusanos de seda
nos preguntamos por qué 
el mar está lleno de pecios 
de silencio de otros colores.

Ya no

el ángel de la guarda
ya no pronuncia mi nombre
quizá
sujeta los hilos
verde aquí y verde allá
—una casualidad—
desde el silencio
simulando negrura
bajo los ojos
o —por puro error—
se traga las palabras 
—sin lengua ni gato—
para obligarme a hablar

se ha tenido que marchar
con la garganta llena de fonemas

Ser o no ser

eres de lo que no eres
latido insomne
en gruta imberbe
emblema
no eso no
un nombre sin rostro
pródigo

el pájaro y la grieta
azul siempre azul
a veces lila
y el espejo 
execrable y ansiado 
son lo que tú quieras
son

lejos de estar bien
sugieres vigilancia
a la lluvia de segundos
más allá de medianoche
por si aparece el sol
y sea lo que no es

Lastre

fuego en el agua
rictus de madre
uva vestal
vidrio de lacre

lágrima trémula
ruido de llave
tinto en el habla
lastre de sangre