Lo que me ocurrió mirando por la ventana de mi habitación

En el sonido roto
por un silencio provocado
resonaron las huellas
del polvo audaz
de varias generaciones
de mujeres.

Descendían sin olvidar sus nombres,
único rescoldo de su estigma.

Percibí el desafío
en los ojos de la niña
como promesa de narración
de un futuro vestigio.

Desde entonces
no tiemblan las bisagras
a la vuelta de llave. Decido yo
—con la llama de sus pupilas—
el presagio de fuego
con mi nombre
en la música del poema.

 

Lo que nace cuando cae la tarde

Fatiga vértigos,
piel sobre hueso, el eco
del sermón mendigo
buscando su nombre.

La palabra, el rumor
de la palabra, perdida,
a pesar de pronunciarla,

alimenta sus vísceras,

seca las uvas de cansancio,

espera su turno
con ojos elevados
soñando con peces.

Lo único que,

tal vez.

Mañana es casi otoño

Y ya no pensaré en la necesidad
ebria de parir títulos para alumbrar el día.
Luciré la niña que
amanece y no le escuece.
La niña que no evita el saludo
de la cabra
que se detiene en su camino.

Cierro los ojos
y se me revela
la lluvia a tragos que viviré
todas y cada una de las mañanas
que un petirrojo dé la vuelta al sol
sin quemarse.

Y se me revela
en el centro del nuevo frío
un gris con atrevimiento blanco
de palabras de caligrafía tardía
—con la rítmica cadencia
de las burbujas al viento —.

Se malogró agosto, hermano.
Media vuelta.
Mañana es casi otoño.
Ya no es tiempo para cobijarse
en las esquirlas de las vainas.

 

No soy Ana Grimberg y no me importa

A veces la jornada me queda
un poco chica y le añado parches
o la tiño con balizas
para que merezca recordarse.

A veces me muero.
Estuve muerta —de hecho—y me viví
porque me quise vivir
para vivir más que la vida chica
y ofrecerle asilo
—aquí, junto a ti—
en estos tiznados versos.

Me viví para respirarme
en la apnea.
A pesar de que nada sé
de aves sagradas,
me viví
para que merezca recordarme.

Pienso sombra y se desliza un réquiem

Sentí que mi cuerpo traspasaba la piel
hollando la esperanza
que pretendía atrapar con mis labios.

Sentí que llevaba consigo
la melodía de la sangre,
construida de campanas
sin sermones ni badajos.

Cuando dejó de ser carne,
cuando dejó de tener huesos,
se hizo polvo de estrella
vestido de ceniza.
Me entregó mi sombra
y escuché su risa afilada,
como un vinilo
rodando entre cuchillos.

Sentí la humedad de los rostros
que lloraban mi vacío
desde la otra orilla.

Sentí el silencio del réquiem prometido
y ya mi esbozo pudo desvanecerse
e hilvanar la respuesta vivida
a la pregunta ignorada
-no por ello menos sufrida-,
venciendo así al dilema de los espejos.

Poema áureo y poema cuántico -dos por uno- sobre el proceso de poemar

Ayer y hoy,
he visto en los tejados
un vórtice versal a la deriva,
en una obscena imagen
en penumbra,
oculto tras la luna,
cercado por lápidas de quimeras
metamorfoseadas.
Otras veces,
el rito se despoja
del estertor de vanas ceremonias,
el verbo no conjuga,
palidecen
presagios y certezas
y el surco se hace cuna de la nana
para ángeles sin guarda.

Si sucede,
si levantan la veda
de fisuras, de vértigo de sombras,
de díscolos fonemas,
me desnudo,
y cortejo al astro, ávida
de soñarme en el arrullo del verso,
como una niña en Reyes.
Me desnudo
para que luna y cuna
me permitan consagrarle mi vida,
trinchera invertebrada.
Si sucede,
será oh mi verso orado,
telúrica enmienda del humo estéril
que habitará el espejo.
No huiré
ya del rostro que aflore
cuando extraigan mi nombre de la lista.
Anticiparé el réquiem.
Cantaré.
Confiando en lo que nace
daré el poema a la sombra de azogue
como se entrega un hijo.

Rutina en urdimbre de redondillas

El roce de las mañanas
no es deshora sospechosa
para esquivar yo la fosa
y pintar trozos de ganas.

Creo personas simétricas
que engendro con esos trozos,
las cambio por alborozos
y olvido gargantas tétricas.

Mudo así y tomo otro estado,
también para todas ellas,
y ya todas nuestras huellas
olvidan su fiel pasado.

Unos lo llaman locura.
Yo no sé qué puede ser.
Es una forma de ver
que atempera mi amargura.

Transpira la aflicción intangible

Dicen que exuda la linfa madura,
borbotea impávida sudor carnal
que resopla,
asfixia
y humedece
la piel -el tegumento-,
de tacto viscoso.

Siento sus gemidos azarosos
alterando las imágenes
de un futuro que
ya ha comenzado
a abrazarme del talle.
La negrita letra cursiva
abandona su índole codiciada.
La siento desteñir mis recodos,
como los exiliados
a los que obligan a rendir cuentas.
¿No oís, acaso,
cómo lloran las palabras?

Tienes que comer

no tengo hambre
no tiene
no tenemos hambre
no tienen en esta familia
ni tendrán
no tienen el saludo del puchero desde el umbral
tienen la huella del médico al ignorarlo
tienen necesidad
tienen acaso urgencia

no tener
y tener otra condición
eso tiene esta familia
no tuvo alarmas el nido
no tiene alertas el niño
no tendrá recuerdos el vivo
y tiene que soñar el hambre
para despertar las ganas que no tiene
y poder así tener que comer

 

NOTA: He utilizado restricciones o “contraintes“al estilo de OuLiPo (acrónimo de “Ouvroir de Littérature Potentielle”)

https://es.wikipedia.org/wiki/Oulipo
https://www.ehu.eus/~mtwmastm/OuLiPo_Bak2012.pdf

Se vuelve perezosa la mente

¿Qué te causa esa extrañeza?
Certeza.
¿Qué te ciega con inquina?
Neblina.
¿La cordura ha sido hurtada?
Errada.

La idea es ahora alada,
espanta juicios al viento,
repite el mismo pigmento:
certeza, neblina errada.