21 gramos

en el instante en que la bala deja de planear y hiere
en el instante en que la bala deja de herir y mata
la sangre no sabe qué hacer
la sangre quiere quedarse
y también quiere escapar

en el instante en que la bala se vuelve muerte
la sangre comienza a comprender
se muta en lava vestida de féretro
y todo alrededor se detiene
para respetar su silencio

De cuando Bernard me ofreció el disparador del cambio

Una mano cruel me quiso vivir
y reconstruyó en barro
mis febriles distancias de las cosas mundanas.
Siete veces siete le supliqué bismuto 
y me fue dado el lodo de las calles.
La misma mano cruel quiso morir mis recuerdos
crispando con piedra pómez las líneas de mi mano.
Siete veces siete moldeó mis muecas
y siete veces siete bebí mis labios
para que nadie los auscultara.

No ceso de ensayarme bismuto,
pero me hago bola cada cierto tiempo
y vivo temerosa de que un mal paso
me mute en concepto deleble
que hasta las polillas esquiven.

Mi padre tocaba la batería.
En este nuevo estado le recuerdo 
más que cuando fui larva. 
Él también comenzó a morirse por las manos.

La víspera

Romana sabedora del porvenir
que aguarda inerme
al sol que cae.
Haz del eco. 
Envés de nona.
Haz de nervios 
que en la boca que 
precede a la novia
parece eterna,
que espera fraguarse 
en el postrero saludo del adiós.
Millones de personas aguardan.
Solo queda esperar.

Poema áureo y poema cuántico -dos por uno- sobre el proceso de poemar

Ayer y hoy,
he visto en los tejados
un vórtice versal a la deriva,
en una obscena imagen
en penumbra,
oculto tras la luna,
cercado por lápidas de quimeras
metamorfoseadas.
Otras veces,
el rito se despoja
del estertor de vanas ceremonias,
el verbo no conjuga,
palidecen
presagios y certezas 
y el surco se hace cuna de la nana
para ángeles sin guarda.


Si sucede,
si levantan la veda 
de fisuras, de vértigo de sombras,
de díscolos fonemas, 
me desnudo, 
y cortejo al astro, ávida
de soñarme en el arrullo del verso,
como una niña en Reyes.
Me desnudo
para que luna y cuna
me permitan consagrarle mi vida,
trinchera invertebrada.
Si sucede,
será oh mi verso orado,
telúrica enmienda del humo estéril
que habitará el espejo.
No huiré
ya del rostro que aflore 
cuando extraigan mi nombre de la lista.
Anticiparé el réquiem.
Cantaré.
Confiando en lo que nace
daré el poema a la sombra de azogue
como se entrega un hijo.

 

Se vuelve perezosa la mente

¿Qué te causa esa extrañeza?
Certeza.
¿Qué te ciega con inquina?
Neblina.
¿La cordura ha sido hurtada?
Errada.

La idea es ahora alada,
espanta juicios al viento, 
repite el mismo pigmento:
certeza, neblina errada. 

 

Lo que me ocurrió mirando por la ventana de mi habitación

En el sonido roto 
por un silencio provocado 
resonaron las huellas 
del polvo audaz
de varias generaciones
de mujeres.

Descendían sin olvidar sus nombres,
único rescoldo de su estigma.

Percibí el desafío 
en los ojos de la niña 
como promesa de narración 
de un futuro vestigio.

Desde entonces 
no tiemblan las bisagras 
a la vuelta de llave. Decido yo 
—con la llama de sus pupilas—
el presagio de fuego
con mi nombre
en la música del poema. 

 

Mañana es casi otoño

Y ya no pensaré en la necesidad
ebria de parir títulos para alumbrar el día.
Luciré la niña que 
amanece y no le escuece.
La niña que no evita el saludo 
de la cabra 
que se detiene en su camino.

Cierro los ojos 
y se me revela
la lluvia a tragos que viviré 
todas y cada una de las mañanas 
que un petirrojo dé la vuelta al sol
sin quemarse.

Y se me revela 
en el centro del nuevo frío
un gris con atrevimiento blanco
de palabras de caligrafía tardía
—con la rítmica cadencia 
de las burbujas al viento —.

Se malogró agosto, hermano.
Media vuelta.
Mañana es casi otoño.
Ya no es tiempo para cobijarse 
en las esquirlas de las vainas.

Fumar

I

Mientras tú vives ufano
en el cepo de la trampa, 
—sin darte cuenta— te estampa 
su muesca el destino arcano.

Ya sea invierno o verano,
con un “no, no pasa nada”,
saludas en cada entrada
y te engañas —solo un poco— 
aspirando como loco, 
palmando en cada calada.

II

No te dejes caer —no te tires—
en la tentación del detalle
que al arder 
provoca 
el dolor de la sombra roja,
que la lava del pergamino
comience a encoger,
el gargajo en el cemento
y el hedor harapiento.

No te dejes caer,
que ya te abraza del talle
la apnea madura,
que casa —demasiado bien—
con lo que no quieres ser. 

 

Eclipse

De la sombra verdadera
todos parecen saber, 
nadie quiere comprender
que su risa es lisonjera, 
que ella provoca ceguera
al incauto que se fía.
Nos turna la noche y el día, 
con argucia manipula,
sí, y embustera nos simula 
que deja al sol de vigía.